| Una compañera existencial me recordaba hace poco una definición de salud y enfermedad. La salud, me decía es la amplitud del ser en el mundo. La enfermedad, en contraposición, es la estrechez del ser en el mundo. (Porque resulta evidente que no sólo somos dasein, un ser en el mundo, que bien podría resultar más bien un estar en el mundo; sino que somos, o estamos, de cierto modo en el mundo. Y este modo, apunta la definición, no es arbitrario sino que puede dividirse cualitativamente en amplitud o estrechez.) Cuando escuché sus palabras me sonaron familiares. Lo siguiente que pensé es que no sólo era la primera vez que las escuchaba, sino que además yo mismo ya había escrito algo al respecto. Sin embargo, he removido un poco estas páginas y no encuentro rastros de dichas ideas. Esto es un desperdicio que ahora, acaso someramente, deseo resarcir. Amplitud en el mundo sugiere libertad. Señala discretamente una apertura a los acontecimientos, la realidad, la vida que pasa, ya lenta, ya atropelladamente. Consiste en la expansión de las posibilidades, la condescendencia cómplice del desbaratamiento de los planes, el disfrute de la improvisación cuando ésta aparece. Lo amplio es un estado precedido por un estado de menos volumen, un progreso en las posibilidades espaciales, desde luego. Se trata de una expansión de las fronteras, una hegemonía del territorio de la existencia, una cruzada contra los límites. La amplitud en el mundo extroyecta, alguien más diría que proyecta, el contenido del mundo interior, de la riqueza íntima, de aquello que el corazón desborda. Físicamente la amplitud permite el abrazo, abre la caja toráxica, hace posible el suspiro, extiende las extremidades, estira las coyunturas, apunta a todos los puntos cardinales. Y de la estrechez mental, física, emocional y otras, ¿para qué hablar ahora? Ahora que me siento sano. 
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